Así sea

 

Por Maricarmen Farfán de Gante

El padrecito de la capilla de San Antonio del barrio viejo, ni si quiera se imaginaba lo que esa tarde le deparaba el destino, mientras subía al púlpito y caminaba cuidadoso alzando levemente su sotana para evitar algún tropiezo su mente iba completamente concentrada en empezar a hablar contundentemente de los actos separatistas de los fariseos, cuando por fin llegó a la cima tomó aire y vociferó una frase dicha por Jesús en el evangelio de San Lucas -“¡Mirad, ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, pero por dentro están llenos de codicia y maldad. ¡Insensatos!!” Los ojos y los oídos de los feligreses se llenaban de gozo de escuchar a ese cura tan joven explicar con total vehemencia los pasajes de la biblia, todos en el barrio, estaban encantados de tener a ese gran guía espiritual, las señoras del pueblo veían en él al hijo que hubieran querido entregar a Díos, cada vez había más gente en la iglesia por la fama de sus hermosos sermones, parecía que arriba del púlpito era el mismo dios quien utilizando los labios del joven se comunicaba con su iglesia, la gente explotaba en lágrimas y dos semanas atrás un hombre lanzó aplausos mientras se hincaba, como si hubiera entendido toda la teoría de Díos, cuando el padre decía: “podeís ir en paz que la misa ha terminado” todos parecían más ligeros y sentían salir entre nubes de la misa de 6.
Los más apurados por pecados cometidos hacían filas al lado del confesionario para que él, sábiamente les encomendara las oraciones que les darían paz además de la conciliación y el agrado a los ojos de Díos.
El padre entonces se encaminó como siempre después de misa a sentarse y escuchar, ya dentro del confesionario estaba una mujer: Doña Lucrecita, viuda de don Román Quintero, 76 años, cabello rubio bien pintadito, las uñas rosas y un perfume dulce. -“Ave María Purísima” -“sin pecado concebida” Respondió Lucrecia; “Padre, confieso que no hago más que sobar mis pezones pensando en ti, disculpa que te lo diga de esta forma pero no aguantaba más, veo mover tus manos jóvenes con fuerza cada vez que te indignas ante todo lo malo que no entendemos, es más he tenido que hacerme pequeños y discretos pellizcos aquí mismo en la iglesia y mira, la mera verdad no he venido a pedirte más absolución que no sea el que me los toques”. El joven sacerdote no daba crédito de lo que escuchaba, pensaba que era una broma de mal gusto, y miró por entre los huecos de la madera de rombitos que los separaba, se quedó mudo al ver que no era nadie más que doña Lucrecia, la voz se le congeló y no pudo decir más porque ella sacaba sus largos senos llenos de pliegue pero suaves y colocaba la punta justo entre los rombos, para él no hubo más divinidad en ese momento que ellos, los acarició con suavidad, procuró hacerlo en círculos e irremediablemente su boca se pegó a ellos como imanada ante tan sensual imagen nunca vivida por él, mientras Doña Lucrecia expresaba en tomo excitado y bajo lo bien que se sentía y la deliciosa lengua que tenía, unos segundos más y le dijo -me tengo que ir, pero vendré de nuevo si es que quieres, responde Amén, si deseas que vuelva. Él jadeante y caluroso pronunció el Amén más perverso que se ha escuchado, Lucrecia se acomodó sus tetas, su ropa y salió. El padre se quedó adentro empalmado escuchando la confesión de don Sebastián y no pudo poner atención a nada de lo que le decía, hasta que hubo un silencio muy profundo y entonces reaccionando se disculpó diciendo que si le podría hacer la confesión mañana, pues la cabeza les estallaba y salió del confesionario apresurado, metió una mano a la pila de agua bendita, mojó sus labios, olvidó hacer la reverencia al sagrario y se fue a su habitación.
Ya en soledad no dejaba de pensar en Lucrecia, cómo era posible que una mujer tan mayor se fijara en él, ella tan diosa, tan experimentada, tan loca, él que podía ser su nieto, sonrió y no se arrepintió de lo hecho, al contrario, pensó en los lugares que la podía llevar, era una maravilla, nadie sospecharía, podía repetir una y mil veces, quien iba a pensar que ella con esa carita de abuelita dulce encerraría tanta sexualidad bajo su velito de viuda, la idea lo maravillaba, fantaseaba con llevarla al campanario, al altar de la virgen de caridad en medio de las monedas que los fieles le dejaban, imaginó de pronto a Lucrecia rozando las monedas con sus senos mientras él los bendecía y después se quedó dormido.
A la mañana siguiente se levantó para dar la misa de siete, con la sonrisa marcada, sus fieles ya lo esperaban con algunas frutas para ser bendecidas después de misa, eran tiempos de cosecha, el joven sacerdote miraba desde el púlpito si entre la gente estaba Lucrecia, era absurdo ella siempre llegaba a la misa de la tarde, no era de las que madrugaba, terminó ese día con el sermón más liberal que todo el pueblo hubiera escuchado nunca, tanto que emocionó a los jóvenes que habían ido a regañadientes a la misa tan temprano y salieron contentos. El sacerdote sólo vivió para esperar la misa de 6.
A las 6:45 de la tarde Lucrecia ya estaba en primera fila del confesionario y el corrió para allá -“Ave María Purísima” -“sin pecado concebida” Respondió Lucrecia; sacó un condón de su brasier y le dijo, si mañana lo promueves, hoy lo usamos, él la miro entre rombitos, le sonrió y respondió. Amén.

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